RESIDENT EVIL 2: MI MEJOR PESADILLA.
Hay momentos que no se borran con el paso de los años; simplemente se asientan en la memoria y quedan al acecho en espera de algo que los active, tal como Leon S. Kennedy activaba la escena del primer encuentro con un licker en el videojuego Resident Evil 2.
Corría el año 1998 cuando la primera PlayStation reinaba en la mayoría de los hogares mexicanos, la industria de los videojuegos atravesaba una revolución imparable y mi afición por los videojuegos crecía en la misma proporción. En aquella época, ser jugador no era tan sencillo como hoy, no existían las descargas digitales en día uno; la piratería dominaba el mercado y conseguir un juego original era una pesadilla, pero la caja de acrílico transparente, su instructivo, los discos impecables y el distintivo aroma a nuevo eran características que ameritaban el esfuerzo de conseguir el título de tu elección.
EL INICIO DEL CAMBIO
Para muchos, Resident Evil 2 fue un lanzamiento muy esperado, pero no para mi que desconocía la serie y estaba más interesado en juegos multiplayer como Golden Eye, Winning Eleven, Street Fighter y cualquier otro que me diera la oportunidad de reunirme con los cuates y patearles el trasero de de manera elegante y presencial.
Sin embargo, todo fue cambiando debido a la edad y al tiempo en pareja que invertíamos en nuestras respectivas vidas, empecé a interesarme en juegos single player y para mi, Resident Evil 2 es sin lugar a dudas el juego que marcó el punto de partida tanto para el inicio de mi colección de juegos originales como para dejar de interesarme por los juegos multiplayer, me demostró que los videojuegos habían dejado de ser un mero pasatiempo infantil/juvenil para convertirse, entre otras cosas, en experiencias narrativas viscerales, aterradoras y profundamente inmersivas.
EL DESASTRE DE MI PRIMERA VEZ
Mi primer contacto con Resident Evil 2 fue inolvidable, había llegado a mis manos por medio de un amigo que me prestó el juego recién salido, insistió en que era una de las mejores experiencias de terror que había tenido. Ese día encendí la consola, esperé a que cargara el disco uno y me preparé para algo extraordinario.
El inicio no pudo ser mejor, la cinemática inicial fue espectacular, algo notable para el estándar de la época, me dejó tan impresionado que la transición entre la cinemática y el inicio del gameplay fue imperceptible para mis ojos.
Pasar de las escenas con el camión envuelto en llamas y la separación de los protagonistas a los gráficos pre renderizados del fondo fue tan natural que ni siquiera lo noté, la pantalla cambió al motor gráfico del juego, la cámara fija se asentó en la calle infestada de zombis y yo me quedé sentado en el sillón sin hacer nada, esperando a que la «película» continuara, no me di cuenta de que el juego había empezado y tenía el control.
Para cuando reaccioné e intenté caminar, una horda de muertos vivientes ya se estaba dando un banquete a costa del suculento cuerpo de Leon. Morí en menos de diez segundos.
Aunque el inicio era prometedor, la frustración no tardó en aflorar. Los controles tipo tanque me parecieron una pesadilla incontrolable, mover a Leon se sentía como intentar maniobrar un tráiler dentro del estacionamiento de una plaza. Acostumbrado a la fluidez de otros títulos de la época, rotar sobre el propio eje del personaje antes de poder avanzar me resultaba torpe e intuitivamente antinatural.
Frustrado por los controles y por una muerte tan ridícula, devolví el juego al día siguiente asegurando que no jamás volvería a tocarlo. Mi primera vez con un Resident Evil había sido un desastre, termine odiándolo sin imaginar que más adelante sería una de mis sagas favoritas.
EL ENCUENTRO DEFINITIVO
Solía frecuentar locales de videojuegos, tan comunes en aquellos tiempos, y fue en uno de esos locales donde me tocó presenciar la escena en la que el torso del jefe de la policía de Raccoon City, Brian Irons, sale volando frente a Claire.
La situación fue impactante, no solo por la escena del juego (algo pocas veces visto en juegos de esa época) sino por los gritos de la madre del niño que jugaba en esos momentos, la mujer exigía que apagaran la consola de inmediato y amenazaba con clausurar el establecimiento por permitir que menores tuvieran acceso a juegos tan violentos (el niño tendría entre 11 y 12 años).
No sé si fue la brutalidad de la escena o ver al niño jugar con natural facilidad que me hizo entender que el problema no era el juego ni sus mecánicas, sino mi falta de paciencia para adaptarme a su ritmo. La experiencia hizo que me obsesionara con conseguirlo y darle una segunda oportunidad, me moría de ganas por volver a jugarlo, juré que esta vez no me desesperaría.
Al igual que la mayoría de los adolescentes, mi poder adquisitivo no era particularmente alto; además, las tiendas especializadas en videojuegos aún no existían en mi ciudad y eso me orilló a jugar Resident Evil 2 en la forma habitual para esos tiempos: una copia pirata. Para quienes vivimos esa época, la diferencia entre un juego original y su copia era meramente estética pues en cuanto a jugabilidad eran idénticos.
Jugar Resident Evil 2 fue una experiencia que pocos juegos han podido brindarme, me dio recuerdos y sensaciones tan significativas que me decidí ahorrar para poder comprarme una versión original y guardarla toda la vida, algo relativamente difícil, tanto por economía como por disponibilidad.
RESIDENT EVIL 2: MI MEJOR PESADILLA
Actualmente la industria de los videojuegos y la economía han evolucionado hasta el punto de permitirnos disponer de nuestro juego favorito desde el primer minuto de su día de lanzamiento, incluso podemos tenerlos de manera «anticipada» si optamos por comprar la versión deluxe o si ordenamos anticipadamente.
El remake de Resident Evil 2 fue impresionante, su apartado técnico y jugabilidad es algo que difícilmente podíamos anticipar a finales de los 90’s. Sin embargo, la inmediatez, la disponibilidad y los niveles gráficos carecen de la mística que solo la adversidad otorga a la experiencia.
Aún me veo entrando a ese viejo Sam’s Club y pidiéndole el favor a un desconocido para que me prestara su membresía y así poder pagarlo, me veo con la prisa por llegar a casa, me veo con la ansiedad de abrir un juego que había jugado docenas y con la emoción de hojear su manual de instrucciones.
Desempolvar hoy ese Resident Evil 2 no es un ejercicio de nostalgia barata, es una muestra de gratitud a mi yo más joven por haber mantenido su promesa de guardarlo para toda la vida; pero sobre todo, es un tributo a un título que empezó siendo una de mis mayores frustraciones como gamer y terminó siendo mi mejor pesadilla, el juego que inició la inercia de coleccionar juegos originales y uno los artículos que más valor sentimental tiene dentro de mi colección.
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